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Terra
La Coctelera

Lola, pasarela rota

Antonio Monter Rodríguez

¿Irracional?, sí, pero todos lo somos alguna vez, ¿o no?. Se lo comenté a Lola y no me hizo caso. No me miró siquiera y eso que la puse sobre aviso: sucederá una desgracia, le dije, no deberías dejarme salir. Ella impávida, con los ojos fijos de continuo en el foco de la habitación. Te vas a quedar ciega, qué tanto le miras a esa luz, ni que fuera un sol a la espera de un eclipse. Me sentía con fiebre, me hervían los huesos, me quería reventar el cutis con agua fría para ver si así cedía la calentura, pensé que me sobrevendría una colvulsión y con ello la muerte, la hubiera preferido, incluso creo que la añoré con fuerza, no tanto para detener los estertores que me abatían ni para ganar un poco de la atención de Lola, sino para evitar el desastre. Le grité con escándalo de adolescente fiestero en casa sola sin papás, seguro hasta los vecinos se despertaron, al final casi una súplica, mira Lolita, entiende, necesito una historia para terminar la novela. Ella impávida. Una mosca aleteaba cerca de su nariz y no hacía nada por espantarla, como si le hubieran regalado la paz inerte que a mí me tocaba. Seguro entró la muerte con prisa y no espero a que yo saliera del baño. Le tocó a Lola, a esa pobre que encontré un día en la calle, sucia, rota, maloliente, orinada por quién sabe cuántos perros, despeinada y maltrecha. Fue casi una labor de artesano, de monjas caritativas, repararla, darle de comer, nutrirla, aún hoy está hecha un palo, flaquísima, pero ya tiene mejor color en el semblante. Se la pasa recostada, sí, sin levantar un plato, sin tender la cama o hacerme siquiera un huevo frito. Nunca me ha dirigido la palabra, interpreto su miedo, cuántas cosas sufriría en los basureros. No le encuentro otra explicación. A veces me exaspera su mutismo, le leo mis cuentos sin conseguir nada, mis historias de moteles y ron y amaneceres en los parques a mediodía, no sé si eso hiere su pasado, no sé porque su cara es plástico o piedra. A veces le hago bromas sobre que parece una modelo de pasarela, de esas bulímicas talla tres, y cuando creo ver por fin un esbozo de algo cercano a la risita breve, comparada con mi Lola, la mueca de La Monalisa termina por parecerme una franca carcajada. Si la soporto es porque la amo, deveras la amo. Le repetí que necesitaba una historia para terminar la novela, que estaba en sus manos, que ella podía contármela, sólo recibí como respuesta una multitud de circunspección afónica antes de cruzar el umbral hacia la calle. Ahí donde supuse que estaba la realidad. Ahí donde caminé unas calles con la mirada nublada, enfermo, me dolían las rodillas. Supongo que parecía rengo de nacimiento. Envuelto en maldiciones por mi cojera momentánea, apareció la marquesina luminosa, no podía leer, traía carbonizados los ojos por una especie de llanto aceitoso. Pagué un boleto y entré, estaba oscuro pero hallé un lugar donde sentarme, alcancé a mirar algunas siluetas y no supe más... Eso estuvo de terror, es lo más horroroso que me ha tocado vivir y mirá que para experiencias estoy yo, que he vivido en los peores arrabales jugándome el pellejo, nací en Mar del Plata, en Argentina, sí, pero desde los catorce años me fugué de la casa. Mi padre era un hijo de puta que me reventaba las pelotas con sus borracheras, cada noche tenías que soportar sus vómitos y sus orines, los llantos de mi madre por las angustias y todos los cuadros clásicos del infeliz alcohólico, escritos como destino, si vivís con un alcohólico esto te sucederá, diagnósticos de veterano doctor que ya sin auscultar puede dictaminar las aspirinas. Mi padre no estaba viejo, cincuenta y dos años, pero ya lo había cagado el alcohol, se le había jodido el cuerpo por dentro. Un día quiso pegarme, nos hicimos a los golpes y él se sacó la peor parte, le machaqué una llave en la oreja, se quedó el pobrecito como cerradura sangrante. Me fui y anduve vagando, quería llegar al norte y me estacioné en México. A los 17 ya traía el cuerpo de portada, ¿sabés qué talla soy? Me dieron el trabajo en la agencia, siempre las quieren flacas y ya tengo tres años haciendo modelaje acá. Ayer llegamos temprano, como siempre que nos citan a la pasarela, nos dieron la orden y los vestidos, nos metimos a maquillaje. Un diseñador nuevo, de los que tenés dos cosas por delante: todo el talento y la vanguardia o una miserable pavada que le pagó su papi en años de colegio sin retorno. Estabamos en la pasarela cuando el hombre se acercó y comenzó con los insultos, nadie se metió en nuestra defensa, estaba fuera de sí, imbécil, hijo de puta, no quisiera recordarlo, descuartizó a Susana, le decía Lola sos una puta, Lola sos una puta, y le clavaba un cuchillo y los miembros de Susana volaban frente a nosotras, parecían pedazos de plástico, sin sangre, algo horrible, sonaron los disparos, el pánico nos invadió, nos quedamos inmóviles y mudas, desperté no sé cuántas horas después... Juventino Méndez Velarde, de oficio velador, cuyo domicilio está en la calle San Juan No. 23, altos, colonia Apóstoles, declara: Disparé dos veces, iba rumbo a la fábrica donde trabajo por la noches desde hace tres años, lo ví sacando los maniquís de La Francesa y descuartizándo uno, parecía drogado, estaba fuera de sí, no sé, me arrepiento, yo nada más lo quería asustar, pero se me fue el tiro, según me enteré no era la primera vez que rompía los aparadores de la tienda de ropa, ya lo tenían registrado en la cámara de seguridad.

Mis dedos en tu piel, nostalgia por una mano

Antonio Monter Rodríguez

I. Pulgar

Primero eran las cuatro dactilares: del índice, del corazón, del anular y del meñique. Sobre un minúsculo trozo de tu vientre del lado izquierdo, sin presión, perceptible
apenas por el roce de esas ondas que impresas en tinta delatarían mi identidad. Un mitin dérmico a cuatro dedos. Ya luego aterrizaba el pulgar, la fotografía digital ancha y gorda que se extendía impresa en franca línea recta por tu ecuador. Tus dedos caminaban en dirección a mi ombligo, tu mano semejaba una araña torva, lisiada, que arrastraba una pata por detrás de las otras, sin prisa, se detenía en cada tejido, en cada célula, medías en milímetros la margen de mi planisferio. A veces se aburría de tu piel y penetraba en tu boca, entre tus labios iba y venía como segueta cortando fierro, sin desesperación ni ánimos de terminar, se minaban por mi falange los restos húmedos de un supuesto manifiesto erótico, con residuos de tu trago de vodka siempre en las rocas.

II. Índice.

Dicen que sirve para señalar, indica, ¿indica qué?, ya en las salientes de mis pechos sólo eran círculos, interminables, el túnel del tiempo o la espiral lisérgica, pis an lov, la sicodelia sin música, sólo la repetición supongo involuntaria de jugar con un pezón como si fuera pelota pegada al piso. Imaginaba que algún día se tendría que desprender, con tantas vueltas que yo le prodigaba, insistente y necio, como si ese chícharo de pronto se transformara en la perilla de un reloj o en un botón que me regalaría unas notas de Berlioz después de oprimirlo, exprimirlo. A veces llorabas y yo tenía que pedir perdón. Me silenciabas con el mismo dedo sobre mi boca, querías mirarme callado, desnudamente callado, mientras sollozabas y rechinabas los dientes, te guardabas tu dolencia bajo una mirada de odio.

III. Corazón

Me dijiste que así se llamaba, me reí, es un pito, aclaré, cómo va a ser un corazón. Así se llama el dedo medio, explicaste paciente, sacaste el libro y hasta dibujos frente a mis ojos para imponer tu exquisita academia, para denunciar y dejar al descubierto mi formación alburera, forjada en la teoría del maestro Rafael Inclán y las películas de ficheras. Cerraba los ojos y sólo te pedía un poco de amabilidad, conmiseración para con mi clítoris, la sutileza que no tenías con mis senos cuando la sangre te hervía. Me gusta tu ranura, decías en mi oído y yo reía por la ocurrencia de tu sustantivo. Mientras experimentaba primero la suavidad de tu yema en el ir y luego la rugosidad de tu uña en el venir, imaginaba tu dedo repasando una y otra vez la abertura de la alcancía donde nunca pudiste guardar más que la imaginación por la riqueza, siempre fuiste un despilfarrador. Mi dedo como preludio.

IV. Anular

Sin anillo. Tus manías de rascarte la nariz o empujar por el puente tus lentes contra la nariz, cada treinta y tres segundos mientras me hablabas de Carlos Fuentes. Golpeabas la mesa para seguir el ritmo, si era un son cubano o un danzón mucho mejor. Me servía para el requinto, compositor frustrado cuando tocaba la guitarra, notas vagabundas sobre el colchón de la matrimonial, sin rumbo fijo, acostumbradas a la libertad de visitar cualquier enjambre acústico, de tu cuerpo, de mi soledad cuando dormías cansada a pierna suelta y en el delirio del ronquido sin medida. Me mordía el anular, antes de borrar lo escrito, al carajo el intento de poesía, sobre el teclado para la k, la l, la p, no gran cosa, en tu piel para repasar tu mejilla, para aquietar las lágrimas, para catapultar los mocos cuando niño.

V. Meñique

Me fastidia el nombre. Pobre de este pequeñuelo que ni para hacer cosquillas. Si fueras pianista le tendrías respeto, ¿sí o no? Tienes cuatro más, por eso lo desprecias. Tu defensa era certera, el que tiene menos fuerza y por lo mismo el más tenue, el más grácil, el más etéreo. Aún así, tus sinónimos no lo enderezan, lo tengo chueco, ya lo ves, curva visible hacia el hermano anterior. ¿Hermanos?, me preguntabas. Sí, míralos en su conjunto, será el día en que los extrañarás como está escrito. Levanta tu ron y observa la elegancia del meñique. Es un huevón, no hace nada. Por lo mismo, tal vez mi nostalgia de él, proviene de lo que nunca hizo. Y sin embargo, siempre anduvo divertido en tu piel. Apreciaba su recuerdo sobre cierta habilidad dérmica desarrollada entre ambos, sin embargo, ahora todo se volvió pretérito, toda esta felicidad figurativa siempre fue antes de mi embolia.